Aidan O’Connell: el quarterback que nadie vio venir y que vuelve a llamar a la puerta de los Raiders
Hay noches en la NFL que parecen escritas para un jugador.
La de Aidan O’Connell en Houston empezó de la peor manera posible para los Raiders. Fernando Mendoza, el número 1 del último Draft, estaba bajo los focos. El rookie había recibido la oportunidad de jugar toda la primera mitad y, durante un rato, parecía que aquella noche iba a pertenecer a él.
No fue así.
Mendoza terminó la primera mitad con 8 de 15 pases para 86 yardas y una intercepción retornada 80 yardas para touchdown. Las Vegas se marchó al descanso perdiendo 20-3.
Y entonces apareció O’Connell.
El quarterback que había empezado el verano prácticamente escondido detrás de Kirk Cousins y Fernando Mendoza terminó conduciendo una remontada de 96 yardas en los últimos minutos. Con 14 segundos por jugar, él mismo entró en la end zone con un sneak de una yarda.
Raiders 22, Texans 20.
O’Connell acabó con 15 de 24 pases para 166 yardas y fue el protagonista de la remontada.
Pero lo interesante no es solamente lo que hizo anoche.
Lo interesante es quién es Aidan O’Connell y cómo demonios ha llegado hasta aquí.
Porque antes de convertirse en quarterback de los Raiders, antes de jugar en la NFL y mucho antes de tener una noche como la de Houston, O’Connell fue un jugador al que prácticamente nadie estaba mirando.
Y quizá por eso su historia merece ser contada.
Aidan O’Connell: el quarterback que empezó sin que nadie apostara por él
Aidan James O’Connell nació el 1 de septiembre de 1998 en Long Grove, Illinois.
Jugó en Stevenson High School, en Lincolnshire, donde también practicó baloncesto. En su último año como titular lanzó para 2.741 yardas y 26 touchdowns.
No eran malos números.
El problema era que nadie parecía pensar que fueran suficientes.
O’Connell no salió del instituto convertido en uno de esos quarterbacks perseguidos por las grandes universidades. De hecho, su única oferta de beca conocida llegó desde Davenport University, un programa de Division II.
Y ahí empieza una de las constantes de su carrera:
tener que convencer a alguien.
Purdue acabaría siendo su destino, pero ni siquiera llegó allí como una estrella reclutada.
Llegó como preferred walk-on.
Sin una gran beca.
Sin la etiqueta de futuro quarterback de Power 4.
Sin garantías.
Y, sobre todo, sin ser una prioridad.
En Purdue empezó como el octavo quarterback
Esta parte explica perfectamente quién era O’Connell cuando llegó al football universitario.
En Purdue no llegó para ser titular.
Ni siquiera llegó para ser suplente.
Cuando comenzó su carrera, estaba aproximadamente en el octavo puesto del depth chart de quarterbacks.
Ocho.
Para un quarterback que años después acabaría siendo elegido en el Draft de la NFL, resulta casi absurdo pensar que ese fue su punto de partida.
Pero también ayuda a entender por qué su historia es diferente.
O’Connell tuvo que esperar.
Tuvo que entrenar.
Tuvo que aprender.
Y tuvo que aprovechar las oportunidades cuando finalmente aparecieron.
Durante 2017 y 2018 prácticamente no vio el campo.
En 2019 comenzó a tener minutos y terminó disputando seis partidos, tres de ellos como titular. Lanzó para 1.101 yardas, ocho touchdowns y cuatro intercepciones.
Todavía no era una estrella.
Pero ya había dejado de ser invisible.
2020 pudo cambiarlo todo
La temporada 2020 parecía el momento perfecto para seguir creciendo.
O’Connell se convirtió en titular de Purdue.
Pero después de solamente tres partidos, una lesión terminó prematuramente con su temporada.
Había completado 88 de 136 pases para 916 yardas, siete touchdowns y dos intercepciones.
Y tuvo que volver a esperar.
En el fútbol americano universitario, donde cada temporada puede cambiar completamente el futuro de un jugador, aquello podría haber sido un golpe definitivo.
Para O’Connell fue otro obstáculo.
Y quizá esa sea la mejor forma de entender su carrera.
Nunca tuvo un camino despejado.
Siempre hubo alguien delante.
Siempre hubo alguna duda.
Siempre había que esperar un poco más.
Entonces llegó 2021
Y aquí cambió la historia.
O’Connell comenzó la temporada como suplente de Jack Plummer.
Pero terminó convirtiéndose en el quarterback titular de Purdue y tuvo una temporada espectacular.
Lanzó para:
3.712 yardas
28 touchdowns
11 intercepciones
71,8% de pases completados
Además, recibió reconocimiento Second-Team All-Big Ten.
De repente, aquel walk-on que había llegado al campus casi sin que nadie hablara de él estaba siendo considerado uno de los mejores quarterbacks de su conferencia.
Y Purdue empezó a confiar en él.
O’Connell decidió volver en 2022.
Y volvió a producir.
Terminó su última temporada universitaria con 3.490 yardas, 22 touchdowns y 13 intercepciones, además de volver a ser elegido Second-Team All-Big Ten.
Su carrera en Purdue terminó con unas cifras que explican perfectamente su transformación:
9.219 yardas de pase y 65 touchdowns.
Había llegado como walk-on.
Se marchaba como uno de los quarterbacks más importantes de la historia reciente de Purdue. La propia NCAA describe su trayectoria como una historia de transformación desde walk-on hasta uno de los mejores quarterbacks de la historia de los Boilermakers.
Pero todavía quedaba el salto más difícil.
La NFL.
El Draft de 2023: los Raiders vuelven a apostar por él
O’Connell no era uno de los grandes nombres del Draft de 2023.
No era Bryce Young.
No era C.J. Stroud.
No era Anthony Richardson.
Ni siquiera estaba entre las primeras opciones de quarterback.
Pero los Raiders habían visto algo.
Y en la cuarta ronda, Las Vegas decidió subir posiciones para conseguirlo.
Los Raiders intercambiaron selecciones con New England y terminaron seleccionando a O’Connell con el pick 135.
Otra vez, O’Connell tenía que empezar desde abajo.
Otra vez tenía que convencer.
Solo que ahora lo hacía en la NFL.
Y entonces llegó una temporada rookie que nadie esperaba
La primera temporada de O’Connell en Las Vegas fue probablemente el momento en el que dejó de ser simplemente una historia curiosa.
Terminó jugando 11 partidos y siendo titular en 10.
Sus números:
2.218 yardas, 12 touchdowns y 7 intercepciones.
Los Raiders terminaron confiando en él durante una parte importante de aquella temporada y O’Connell consiguió incluso registrar tres partidos con un passer rating superior a 100.
No se convirtió de repente en una superestrella.
Pero demostró algo mucho más importante para un quarterback seleccionado en cuarta ronda:
que podía jugar.
Y que podía hacerlo en la NFL.
2024: ya no era una sorpresa
La temporada siguiente volvió a tener protagonismo.
Jugó nueve partidos y fue titular en siete.
Completó el 63,4% de sus pases, lanzó para 1.612 yardas, ocho touchdowns y cuatro intercepciones y terminó con un passer rating de 86,7.
En dos temporadas había acumulado casi 4.000 yardas de pase.
Pero el problema de los quarterbacks es que sus circunstancias pueden cambiar a una velocidad brutal.
Entrenadores nuevos.
Coordinadores nuevos.
Veteranos nuevos.
Rookies.
Decisiones de la franquicia.
Y O’Connell empezó a perder protagonismo.
El verano de 2026 parecía contar otra historia
Llegó 2026.Y los Raiders cambiaron completamente el escenario de su posición más importante.
La franquicia incorporó a Kirk Cousins y seleccionó con el número 1 del Draft a Fernando Mendoza, ganador del Heisman.
De repente, O’Connell parecía el tercer hombre.
Y eso es importante.
Porque mientras todo el mundo hablaba de Cousins y Mendoza, O’Connell desaparecía del centro de la conversación.
De hecho, antes de comenzar la preseason, los propios análisis alrededor del equipo señalaban que no estaba destacando especialmente en training camp, aunque también se advertía que la atención estaba concentrada casi por completo en Cousins y Mendoza.
Era lógico.
Cousins tenía una carrera consolidada.
Mendoza era el número 1 del Draft.
O’Connell era el quarterback que ya estaba allí.
El conocido.
El que no hacía ruido.
El que esperaba.
Otra vez.
Y entonces llegó Fernando Mendoza
La preseason había añadido todavía más interés a la situación.
Mendoza había debutado contra Arizona con 10 de 16 pases para 97 yardas y un touchdown.
Cousins, por su parte, había completado 5 de 6 pases para 50 yardas y un touchdown en su única serie.
O’Connell seguía detrás.
Y entonces llegó Houston.
Los Raiders no utilizaron a Cousins.
Mendoza comenzó el partido.
Y durante la primera mitad, el rookie sufrió.
El pick-six de 80 yardas fue el golpe más evidente, pero el problema fue que Las Vegas llegó al descanso con una desventaja de 20-3.
Entonces O’Connell entró.
Y empezó otra historia.
96 yardas para recordarle a los Raiders que sigue ahí
Quedaban poco más de dos minutos.
Los Raiders perdían.
Parecía un partido decidido.
Entonces O’Connell tomó el control.
Condujo un drive de 96 yardas en ocho jugadas.
No fue una posesión diseñada para construir una estadística bonita.
Era una situación de supervivencia.
Había que avanzar.
Había que completar pases.
Había que mantener vivo el drive.
Y finalmente había que entrar en la end zone.
O’Connell lo hizo.
A falta de 14 segundos, recibió el snap y corrió una yarda para poner por delante a Las Vegas.
22-20.
El quarterback que había comenzado el verano detrás de dos nombres mucho más mediáticos acababa de convertirse en el protagonista de la remontada.
Y lo hizo además con una actuación estadística bastante sólida:
15 de 24 para 166 yardas.
¿Significa esto que O’Connell ha adelantado a Mendoza?
No.
Y aquí conviene no dejarse llevar por la narrativa.
Porque la NFL no funciona así.
Mendoza sigue siendo el número 1 del Draft y el ganador del Heisman.
Y la situación de Las Vegas sigue siendo mucho más compleja.
Kirk Cousins continúa formando parte de la ecuación.
De hecho, después del partido, el entrenador Klint Kubiak volvió a retrasar cualquier decisión sobre el quarterback titular y aseguró que la competición continúa.
Por tanto, sería incorrecto convertir una buena actuación de preseason de O’Connell en una supuesta batalla directa contra Mendoza.
Pero sí hay algo que ha cambiado.
O’Connell ha vuelto a poner su nombre sobre la mesa.
Y eso, para un jugador que parecía destinado a quedar relegado al fondo del depth chart, ya es mucho.
El verdadero valor de Aidan O’Connell
Quizá nunca sea el quarterback franquicia que los Raiders llevan años buscando.
Quizá nunca tenga una temporada de 4.500 yardas.
Quizá nunca sea seleccionado para un Pro Bowl.
Pero hay una cosa que O’Connell ha demostrado repetidamente:
cuando le dan una oportunidad, sabe aprovecharla.
En Purdue tuvo que esperar.
En la NFL tuvo que esperar.
En Las Vegas ha tenido que esperar.
Y ahora, con 27 años, vuelve a encontrarse exactamente en el mismo lugar.
Alguien delante de él.
Una oportunidad detrás.
Y muy poco margen para desperdiciar los snaps que recibe.
El quarterback que no necesita ser la estrella
Esa quizá sea la característica más interesante de O’Connell.
En un mundo donde los quarterbacks se convierten en protagonistas incluso antes de jugar un solo snap, él ha construido su carrera de otra manera.
No fue una estrella del instituto.
No llegó a Purdue con una gran etiqueta.
No fue titular inmediatamente.
No fue una selección alta del Draft.
No empezó su carrera profesional como el rostro de una franquicia.
Y, sin embargo, lleva cuatro años en la NFL.
Ha sido titular.
Ha ganado partidos.
Ha lanzado touchdowns.
Ha sobrevivido a cambios de entrenador y de compañeros.
Y ahora ha protagonizado una remontada que, paradójicamente, puede volver a ponerlo en el mapa.
¿Qué puede pasar ahora con Aidan O’Connell?
Esta es probablemente la parte más interesante.
Los Raiders tienen todavía una última oportunidad de preseason antes de comenzar a tomar decisiones definitivas sobre el roster.
Y el propio Kubiak ha dejado claro que nadie debería sentirse completamente seguro en su puesto.
O’Connell tiene varias posibilidades.
Puede quedarse como tercer quarterback.
Puede competir por el puesto de suplente.
Puede convertirse en una pieza de valor para Las Vegas.
O incluso puede acabar despertando el interés de otro equipo que necesite profundidad en la posición.
Su actuación contra Houston no decide ninguna de esas cosas.
Pero sí aumenta su valor.
Porque ahora hay una cinta reciente que enseñar.
Una remontada.
Un drive ganador.
166 yardas.
Y un quarterback que, cuando su equipo estaba contra las cuerdas, respondió.
Aidan O’Connell y la eterna obligación de demostrar
Quizá la mejor manera de contar su carrera sea volver al principio.
Long Grove.
Un instituto de Illinois.
Una sola oferta universitaria importante.
Purdue.
Un walk-on.
Octavo quarterback.
Esperar.
Esperar.
Esperar.
Y después, jugar.
Después llegar al Draft.
Después llegar a la NFL.
Después convertirse en titular.
Después volver al banquillo.
Y ahora, otra vez, esperar.
La diferencia es que esta vez hay miles de personas mirando.
Porque Fernando Mendoza llegó a los Raiders como el número 1 del Draft.
Pero en Houston fue Aidan O’Connell quien terminó con el balón en las manos cuando quedaban 14 segundos.
Y quizá esa sea la esencia de su carrera.
Nunca ha sido el jugador que todo el mundo esperaba.
Ha sido el jugador que sigue apareciendo cuando alguien decide darle una oportunidad.
Quizá Aidan O’Connell nunca sea el quarterback que los Raiders estaban buscando.
Pero cada vez que alguien parece haber ocupado definitivamente su sitio, encuentra una manera de volver a llamar a la puerta.
Y ayer, en Houston, volvió a llamar.
Esta vez bastante fuerte.
